martes, 14 de agosto de 2007

“Sed de océano”.

“He navegado por bibliotecas y océanos”
Herman Melville. Moby Dick.

“Una carta náutica es mucho más que un instrumento
indispensable para ir de un sitio a otro;
es un grabado, una pagina de historia,
a veces una novela de aventuras”.
Jacques Dupuet. Marino.



Recuerdo que lo compré por ocho pesos, en Chacarita exactamente en Forest 453.
Era un húmedo noviembre, el día anterior había llovido y las calles tardaban en secarse. Si la memoria no me falla, parecía una Biblia, por la tapa de cuero, los ribetes dorados, casi barrocos y las hojas de una suavidad casi religiosa. Tal vez, para mí, aun lo es.

A través de sus quinientas treinta y siete páginas, sin contar el índice final, descubrí, como en una revelación, el misterio, la poderosa razón que me hacía buscar desesperadamente una salida ante el suelo engañosamente sólido bajo los pies y el aire desprovisto de sal.
Lo empecé a leer en la destemplada cuchitril que alquilaba en la calle Casafoust, bajo las mantas.
La pieza era oscura, pequeña, un tanto incomoda, pero, secretamente era como aquella celda del monasterio San Michelle di Murano en que habitaba el fraile Ruggero da Otranto.Una alcoba, fría y mal iluminada.

Nunca salió de Venecia, estaba recluido allí por decisión propia. Sin embargo, dibujó el mapa más completo del Renacimiento tardío, su época. Albergaba la esperanza de que pudiese ser un mapa definitivo del mundo. Le bastaban los relatos de marineros, mercaderes, viajeros, investigadores, maestros, funcionarios y misioneros que llegaban desde puertos inaccesibles, solitarios. Sus oídos fueron los ojos más precisos, recorrió cada centímetro del globo sin salir jamás, físicamente, de ese diminuto espacio que constituía su mundo, desde donde construía el universo de relieves, ausencias y monstruos marinos. No fue un loco iluminado ni un visionario ilustrado, sólo fue un hombre que admiraba a Ptolomeo, con la poderosa capacidad, simplemente de saber escuchar.

Nunca sabré si Melville, supo de mi existencia y entonces escribió ese libro de ballenas blancas y hombres que se saben locos, o si fue al revés. Lo cierto es que luego de leerlo, supe que ya había cruzado el Cabo de Hornos, era amiga de Queequeg y que me habían rescatado los del errante “Raquel”.
Después, y siempre gracias a él, navegué por Malasia, atravesé un huracán junto al capitán Mac Whir, el más callado de la historia. ¡Cómo contarles del escocés Sigur Raufoss, el capitán que como todos los de su nacionalidad carecían de la arrogancia de sus pares ingleses y los superaba en competencia profesional! No se fiaba de los prácticos sin canas en el pelo, era capaz de meter su barco por el ojo de una aguja y nunca estaba sobrio amarrado ni ebrio navegando.

Fui Jim Hawkins, luego Ishmael, durante un tiempo creí ser Lord Jim. Tuve mi periodo Stevenson, una etapa London y también navegué a bordo de las naves cóncavas troyanas. Me embarqué con los espectros de Hope Hodgson, con la escoria peligrosa de los puertos, con piratas, héroes, lo peor de cada casa, prostibulo y taberna, próceres y corsarios, con el Rojo el Verde y por supuesto con el Corsario Negro. Vengué la traición de Flandes. Me oculté con Pym. Preferí Salgari a Verne, siempre.
Con Fray Mocho en los mares del sur navegamos de mar en mar, sin distinción de banderas, porque el marinero no tiene más patria que el barco que pisa.
Conviví con Vientos de fuerza once en las costas de China, junto al Conde de Kau. Enfrentamos paredes de agua gris espumosa y marineros aullando de miedo, amarrados a sus literas. La radio saturada de may days de otros barcos en apuros. Algunos hombres con la cabeza bien puesta achicando agua de las bodegas con el combustible llegándole a las rodillas para ganar autonomía, sintiendo el casco crujir con cada embate de las olas. Marineros tratando de salvar el barco y con él sus vidas, buscando espacios entre las olas inmensas para virar cuando el barco ya no aguanta más de proa.

Sé que estuve allí. Mi memoria no puede engañarme tanto. Tal vez, me encuentre más cerca del Ruggero y menos de Achab, sin embargo, miré todo lo que vi, porque lo quise ver. Y me gustó.
Sé que en alguna época de su vida, todos los hombres han tenido, la misma sed de océano que yo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Se puede decir que empezamos, que empezamos bien.
Enorabuena Chica almodovar!